“Yo olvido,… sólo Dios perdona”
Seguimos caminando con el Maestro. La
vida de la Comunidad de los discípulos, de nosotros cristianos, era el centro
de sus enseñanzas estos últimos días. Nos había dicho el día anterior “Si tu
hermano peca contra ti,..” ..Y Pedro, como
siempre, le pregunto sobre un problema concreto: ¿Cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano
las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?
Para nosotros siete veces ya era mucho, y toca un problema
medular del trato en la comunidad: los desencuentros, los resquemores, los
odios, los rencores, las habladurías, las críticas, los enfrentamientos… ¡Porque existen entre
nosotros¡. La pregunta de Pedro acerca sus problemas a los nuestros y nos acerca a nosotros al Maestro.
¡Yo
olvido, pero no perdono¡, o ¡yo perdono pero no olvido¡ ¡Sólo Dios perdona¡ He
escuchado estas frases muchas veces. Algun@s l@s apoyan reflexionando que es
tan difícil, tan grande, tan elevado perdonar, que ¡El perdón es sólo de Dios
nosotros somos humanos¡ Yo olvido pero no perdono. El Maestro perece que conoce
nuestras actitudes y la pregunta de Pedro. La comparación que el maestro les
presenta y nos presenta responde a los cuestionamientos que arriba recordaba:
¿Sólo Dios puede perdonar? Nosotros por
ser humanos ¿No podemos perdonar?. Creo que los dos protagonistas de la parábola:
El rey,
que representa al
Señor, a Dios, al Maestro y el Siervo, que nos representa a nosotros, los dos son capaces de perdonar el Señor lo
hace y el Siervo no. El Rey se compadeció, lo dejó ir y además le perdonó la deuda.
…El Siervo no quiso sino que
lo hizo poner en la cárcel hasta que pagara la deuda.
Ya se lo
decimos a Dios Padre en la oración del
Padre Nuestro: Perdona nuestras ofensas así como nosotros perdonamos a quienes
nos ofenden. Y al final de esta comparación o parábola el propio Señor, que
identifica al maestro y al Padre Dios sentencia su actitud: ¡Miserable¡ Me
suplicaste y te perdoné la deuda, ¿No podías, también tú, tener compasión de tu
compañero, como Yo me compadecí de ti?. Está bien claro. La
reciprocidad del perdón nos obliga. ¡Se me pide perdonar porque primero he sido
perdonado¡. ¡Perdono porque quiero ser perdonado¡ Se me invita a hacer lo que hacen conmigo y me cuestionan
que pida que hagan conmigo lo que yo no hago con los demás. Nos recuerda la
Primera Lectura de este Domingo: ¡Cómo! ¿Un hombre guarda rencor a otro hombre y le pide a
Dios que lo sane? No tiene misericordia
con otro hombre, su semejante, y ¿suplica por sus propios pecados? Si él, débil
y pecador, guarda rencor, ¿quién le conseguirá el perdón? (Eclo 28, 3-5). ¡El Señor es bondadoso y compasivo¡, aclamamos en
el Salmo. ¡Sí, podemos perdonar como Dios lo hace con nosotros¡ Y solo si
perdonamos seremos perdonados. Saludos.
P. Esteban
Merino Gómez, sdb.
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