20 de Octubre
de 2013. Domingo 29° Tiempo Ordinario.
Ciclo C – Evangelio de San Lucas 18, 1-8
El celular, el móvil,… no podemos
olvidarlo. Tenemos que estar siempre conectados. A toda hora. En cualquier
lugar. Hasta suenan los celulares en plena eucaristía dominical (aunque no son llamadas de Dios). Es una
necesidad impostergable estar y sentirnos comunicados. Jesús enseñó con una parábola que
era preciso orar siempre sin desanimarse.
,…Había en aquella misma ciudad una viuda que, acudiendo a él, le dijo:
"¡Hazme justicia contra mi adversario!" Estar siempre conectad@s, vinculad@s, religad@s,
relacionad@s, conectad@s,... Eso es lo que significa ser creyente discípul@,…
Es como tener el celular, el móvil, siempre conectado con Dios, a lo largo de
toda la jornada, no pagarlo nunca, y estar siempre atento a la llamada, sabiendo que Él siempre me escucha. La Sra. viuda estaba segura que el juez la escucharía. ¿No hará Dios
justicia a sus elegidos, que están clamando a él día y noche? ¿Les hará
esperar? Les digo que les hará justicia
pronto.
Hay una oración, como la
de la viuda, que es, por su urgencia y necesidad, como una oración extrema, una cadena de
oración, una súplica que se atreve a pedir un milagro, una oración que pide la
sanación de una enfermedad. Es como, como dice el papa Francisco, un grito a
Dios desde el sufrimiento y la limitación humana. Es una oración sufrida, profunda,
necesitada,… pero ocasional por su urgencia, y causante, en ocasiones, de un
olvido de Dios, si es que su voluntad no coincide con mi esperanza.
Hay una oración
habitual. Esta es la que más y mejor nos define como creyentes: siempre
conectados con Él, en las alegrías y en las tristezas, en el pecado, en las
caídas. Es la oración del fiel, del discípulo, que sabe que cuanta con Él, que conjuga su vida, en lo grande y en lo
pequeño, con el Maestro. Es oración del domingo, del inicio de la jornada;
recuerdo en la mesa con mi familia y
agradecimiento en mi cumpleaños, agradecimiento y alabanza por mis hijos, y
súplica silenciosa diaria cuando sufro por los que amo y me cuesta aceptar su
voluntad.
Hay una oración
cotidiana, esa que me recuerda mi finitud y limitación, que pone mi
vida en contacto con Dios, como adoración y reconocimiento del Señor, y que
enfoca mi vida desde un perspectiva
nueva, más allá, más profunda que mis esperanzas y más plena que mis logros. Es
la oración salmo: que hace vida diaria el sentido del pecado como petición de
perdón, la alabanza por la creación, la suplica en el fracaso o el dolor, la
necesidad de su presencia en la lucha diaria, en la duda de la fe, en el cansancio y pesimismo, en la dificultad de la
acción,… en lo que cuesta cada día, consagrando el tiempo y la jornada en el
Señor.
Hay un oración continua,
que no necesita de las palabras. Que está en corazón como la
preocupación, la espina, la necesidad o el deseo y que cuando aflora en mi
pensamiento se hace oración, porque Tú Señor, lo conoces y me conoces en el corazón. A ejemplo de san
Agustín podemos decir: tu deseo es tu oración.
Si hasta el deseo es una
súplica podemos estar siempre conectados. ¿No hará Dios justicia a sus elegidos, que están clamando a
él día y noche? La constancia, comunicación, conexión permanente con
Él es nuestro desafío. El no falla.
Saludos.
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