MINUTO DOMINICAL“Rezo lo que soy”
27
de Octubre de 2013. Domingo 30° Tiempo
Ordinario.
Ciclo
C – Evangelio de San Lucas 18, 9-14
Cada vez que entro en el templo para orar; cada
vez que me dirijo a Dios de forma individual en mi habitación, rezo lo que soy.
Dos hombres subieron al templo a orar; uno fariseo, otro
publicano. Yo soy uno de los dos.
Ocasional y alternativamente los dos. En unas ocasiones: rezo de pie y presento
todos mis logros y virtudes a Dios. Y además me comparo con los demás y los
juzgo. El
fariseo, de pie, oraba en su interior de esta manera: `¡Oh Dios! Te doy gracias
porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco
como este publicano.
En otras ocasiones,
humilmente reconozco mis pecados y faltas, y trato de buscar, con confianza, la
misericordia de Dios. Esto me cuesta más. Tiendo a la suficiencia y soberbia y
a considerarme mejor de lo que soy delante de Dios. Ello hace que en lugar de
orar, haga una autoadoración de mi mismo y me convierta en el dios de mis propias suplicas dejando de lado,
olvidando al verdadero Dios, al Dios de Jesús. Ya no rezo sino que fantaseo o
discurseo sobre mí mismo y mi propia autoestima. Es fácil y me lleva bastante
de mi tiempo delante de Dios.
Lo peor de ello es cuando
caigo en la tentación de compararme con los que me rodean o quienes están en
ese momento en el templo orando a mi lado: no soy como los demás. La oración termina por ser
siempre, para bien o para mal, cosa de tres. Nunca se ora sólo. Nunca se ora en
soledad. Sea porque a mi lado, en la asamblea, hay muchos hermanos que están
orando conmigo, sea porque en toda oración, a mi pesar, es plural e involucra a
los demás y mi relación de vida con ellos. Juzgar a los demás, hacer ver sus
faltas, despreciarlos, opinar que con ellos, por su conducta, por su vida, .. “ni a misa”, sería, desprecio al mismo Dios
a quien rezo. Es una de las tentaciones de los creyentes, de los buenos
creyentes, considerarnos mejores que los demás
y juzgarlos con ligereza.
En cambio el publicano, manteniéndose a
distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el
pecho, diciendo: ¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador! Rezo lo que soy. Me cuesta asumir mi pecado, ser
humilde. Reconocer con humildad mis faltas delante de Dios. Más todavía me
cuesta que un pecador, por su sinceridad y humildad esté más cerca de Dios que
yo y el Señor le diga: Les digo que éste
bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se ensalce será
humillado; y el que se humille será ensalzado.
Me queda una tarea. Para
orar tengo que mirar a mi lado. Y que en mi oración esté el hermano que tan sinceramente se reconoce como es
delante de Dios. Y, casi seguro, que Dios me enviaría a pedir perdón al hermano
por considerarme superior a él y endiosarme a mi mismo por mis virtudes.
Orar siempre con lo que
soy. Con la justa medida de mis pecados
y virtudes. Dejando que sea el Señor quien juzgue y perdone, sobre todo quien
condene. Porque con la severidad con que juzgo
seré condenado. Saludos.
P. Esteban
Merino Gómez, sdb.
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