10/26/2013



img_2500_ch[1]MINUTO DOMINICAL
 “Rezo lo que soy”

img_2500_ch[1]27 de Octubre de 2013.   Domingo 30° Tiempo Ordinario.
Ciclo C –  Evangelio de San Lucas 18, 9-14

Cada  vez que entro en el templo para orar; cada vez que me dirijo a Dios de forma individual en mi habitación, rezo lo que soy. Dos hombres subieron al templo a orar; uno fariseo, otro publicano. Yo soy uno de los dos. Ocasional y alternativamente los dos. En unas ocasiones: rezo de pie y presento todos mis logros y virtudes a Dios. Y además me comparo con los demás y los juzgo. El fariseo, de pie, oraba en su interior de esta manera: `¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano.

En otras ocasiones, humilmente reconozco mis pecados y faltas, y trato de buscar, con confianza, la misericordia de Dios. Esto me cuesta más. Tiendo a la suficiencia y soberbia y a considerarme mejor de lo que soy delante de Dios. Ello hace que en lugar de orar, haga una autoadoración de mi mismo y me convierta en el dios  de mis propias suplicas dejando de lado, olvidando al verdadero Dios, al Dios de Jesús. Ya no rezo sino que fantaseo o discurseo sobre mí mismo y mi propia autoestima. Es fácil y me lleva bastante de mi tiempo delante de Dios.
          
           Lo peor de ello es cuando caigo en la tentación de compararme con los que me rodean o quienes están en ese momento en el templo orando a mi lado: no soy como los demás. La oración termina por ser siempre, para bien o para mal, cosa de tres. Nunca se ora sólo. Nunca se ora en soledad. Sea porque a mi lado, en la asamblea, hay muchos hermanos que están orando conmigo, sea porque en toda oración, a mi pesar, es plural e involucra a los demás y mi relación de vida con ellos. Juzgar a los demás, hacer ver sus faltas, despreciarlos, opinar que con ellos, por su conducta, por su vida,   .. “ni a misa”, sería, desprecio al mismo Dios a quien rezo. Es una de las tentaciones de los creyentes, de los buenos creyentes, considerarnos mejores que los demás  y juzgarlos con ligereza.

En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: ¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador! Rezo lo que soy. Me cuesta asumir mi pecado, ser humilde. Reconocer con humildad mis faltas delante de Dios. Más todavía me cuesta que un pecador, por su sinceridad y humildad esté más cerca de Dios que yo y el Señor  le diga: Les digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se ensalce será humillado; y el que se humille será ensalzado.

Me queda una tarea. Para orar tengo que mirar a mi lado. Y que en mi oración esté el hermano  que tan sinceramente se reconoce como es delante de Dios. Y, casi seguro, que Dios me enviaría a pedir perdón al hermano por considerarme superior a él y endiosarme a mi mismo por mis virtudes.

Orar siempre con lo que soy. Con la justa  medida de mis pecados y virtudes. Dejando que sea el Señor quien juzgue y perdone, sobre todo quien condene. Porque con la severidad con que juzgo  seré condenado. Saludos.




         P. Esteban Merino Gómez, sdb.

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